¡Sucedió hace tanto tiempo...! Por aquel entonces yo tendría unos siete años y dos hermanos pequeños que creían a pies juntillas que yo era el jefe.Ya fuera con envidia o admiración ellos me seguían a todas partes alucinados porque a los tres años, un hermano mayor que sabe leer y escribir y es capaz de hacer que funcione una radio con todos esos complicados resortes y teclas es algo así como un mago repleto de trucos.
Pero sin duda, el encantamiento más asombroso que aquel hermano mayor había hecho nunca y nunca haría consistía en un banco verde, viejo y medio podrido a causa del exceso de lluvia en los inviernos y de sol en los veranos.
¿Qué tiene de especial un banco verde?- os preguntaréis- pues, un banco verde cualquiera seguramente sería de lo más aburrido, pero aquel en concreto estaba lleno de magia y misterio para los tres niños.
En su interior, al contrario que el resto de bancos que albergaban, si acaso, alguna polilla entre la vieja madera, éste escondía la entrada a un mundo mágico de diminutos enanos y duendes invisibles a ojos de adultos y hermanos menores.
Por las noches aquellos estraños habitantes del banco encantado visitaban nuestra habitación y yo los acompañaba a su mundo en el interior del banco verde, eso si, no sin antes haberme reducido al tamaño de la cabeza de un alfiler gracias a unas danzas que aquellos mágicos amigos realizaban alrededor de mi cama.
Al principio, mis hermanos no me habían creído, querían pruebas cuando se trataba de un tema tan serio como duendes viviendo dentro del banco de nuestro jardín.
- Si es verdad que existen, diles que nos dejen verlos a nosotros también- me reclamaban mis hermanos.
Que si un día no podían porque eran las fiestas de su reino, que si al otro el rey estaba de mal humor, que si al siguiente se habían ido de expedición y tardarían en regresar...
Hasta que un día, cuando menos me lo esperaba, apareció la prueba que haría de mis hermanos unos aliados incondicionales en aquel juego mezcla de realidad y fantasía.
Era una prueba poderosa y a la vista de la cual hasta al más incrédulo no le cabría la menor duda.
Se trataba, ni más ni menos, de una puerta mágica. Era un trocito de madera del tamaño de una almendra que se había soltado de uno de los tablones del respaldo a fuerza de inviernos y tempestades, adoptando la oportuna forma de una puertecilla en mimniatura que ajustaba perfectamente en el hueco y que se desprendía con facilidad dejando a la vista un oscuro y misterioso agujero en la madera.
Después de aquello, las dudas de mis hermanos desaparecieron y recibían con entusiasmo mis historias, más emocionantes que nunca, ya que, yo mismo empezaba a creérmelas y no escatimaba detalles en lo referente a aquel mundo fabuloso.
Pasó el tiempo y los tres nos fuimos olvidando del banco verde que terminó ardiendo en una hoguera de San Juan.
Mis hermanos aprendieron a leer y a escribir y a hacer funcionar una radio con todas sus teclas y resortes y yo fui olvidando el arte de hacer trucos y encantamientos. ¡Nos hacíamos mayores!
Hace unos días mi hija cumplió tres años y sus tíos le regalaron una cagita plateada con sus iniciales, en sus interior un pequeño pedazo de vieja madera pintada de verde del tamaño de una almendra.
Mi hija la miró con sus ojos saltarines y preguntó:
-¿Qué es?
Mis hermanos sonreían como dos niños traviesos, y entonces lo recordé, porque era la misma sonrisa que yo utilizaba para mis trucos y encantamientos cuando convertía un viejo banco verde de madera en una fabulosa aventura para los tres.
Volví a sentir que tenía siete años mientras le respondía:
-¡Es un pedacito de magia!