jueves, 9 de junio de 2011

Cuentos que ayudan a construir un mundo mejor


Descubrí el proyecto Contos Solidarios el lunes y me enamoró. Llevan trabajando desde el año 2000  con el objetivo de sensibilizar y concienciar a alumnos y alumnas de toda Galicia sobre la necesidad de un compromiso solidario con la justicia y la libertad.

En sus propias palabras: "outro mundo é posible a través dun universo paralelo formado polos contos solidarios, no que nos poidamos refuxiar para construír un mundo real de xustiza e liberdade."

domingo, 5 de junio de 2011

Ejemplo de vida



Esta es la historia de un padre australiano que realizaba año tras año el iron man de Australia y su mayor ilusión era competir con su hijo en dicha prueba. El hijo tenía parálisis cerebral pero el padre nunca vió la situación de su hijo como un problema. El Ironman es la prueba más exigente del triatlon. La competición está formada por tres partes: 3.800 m. de natación en mar o lago, 180 km de ciclismo y 42,2 km de pedestrismo. Los campeones del mundo lo hacen en unas 8 horas. Ellos tardaron unas 17 horas. La mayor parte de los atletas no lo consigue

Playing for Change


Stand By Me | Playing For Change | Song Around The World from Concord Music Group on Vimeo.
 
En este mundo que a veces nos parece un poco loco alguien pensó que la música podría servir para ver lo que de bueno hay en las personas, para fijarnos más en lo que nos une que en lo que nos separa y esa idea se convirtió en Peace Through Music.
 
Un mundo mejor es posible, empecemos a construirlo hoy mismo, no esperemos a mañana y pongámosle banda sonora...

¿Capaces de...?


By Formadores On photopeach

Tareas para el día a día dentro y fuera del aula: pensar, escuchar, tener los ojos bien abiertos al mundo, dudar de todo lo que creemos saber, y tener la certeza de no saber casi nada. Armarnos con pasión, alegría y paciencia para intentar ayudar a otros a sacar lo mejor de ellos mismos.

Para leer:
Tu me aprendes. Memoria y olvido de un aprendiz de maestro. Jaume Cela Olle. Ed. Graó. Barcelona 2011.

La magia de vivir



Es curioso como el ser humano comparte las mismas inquietudes, deseos, sueños, esperanzas. La mayor parte del tiempo nos sentimos únicos, y en ocasiones por ese motivo solos en un mundo enorme que no comprendemos.
Y aquí viene la paradoja porque somos únicos y también somos idénticos. Desde el principio de los tiempos seguimos buscando respuestas a las mismas preguntas. Y a pesar de saberlo me sigo sorprendiendo cada  vez que descubro mis pensamientos en palabras de otros.

Los habitantes del banco verde

¡Sucedió hace tanto tiempo...! Por aquel entonces yo tendría unos siete años y dos hermanos pequeños que creían a pies juntillas que yo era el jefe.Ya fuera con envidia o admiración ellos me seguían a todas partes alucinados porque a los tres años, un hermano mayor que sabe leer y escribir y es capaz de hacer que funcione una radio con todos esos complicados resortes y teclas es algo así como un mago repleto de trucos.
Pero sin duda, el encantamiento más asombroso que aquel hermano mayor había hecho nunca y nunca haría consistía en un banco verde, viejo y medio podrido a causa del exceso de lluvia en los inviernos y de sol en los veranos.
¿Qué tiene de especial un banco verde?- os preguntaréis- pues, un banco verde cualquiera seguramente sería de lo más aburrido, pero aquel en concreto estaba lleno de magia y misterio para los tres niños.
En su interior, al contrario que el resto de bancos que albergaban, si acaso, alguna polilla entre la vieja madera, éste escondía la entrada a un mundo mágico de diminutos enanos y duendes invisibles a ojos de adultos y hermanos menores.
Por las noches aquellos estraños habitantes del banco encantado visitaban nuestra habitación y yo los acompañaba a su mundo en el interior del banco verde, eso si, no sin antes haberme reducido al tamaño de la cabeza de un alfiler gracias a unas danzas que aquellos mágicos amigos realizaban alrededor de mi cama.
Al principio, mis hermanos no me habían creído, querían pruebas cuando se trataba de un tema tan serio como duendes viviendo dentro del banco de nuestro jardín.
- Si es verdad que existen, diles que nos dejen verlos a nosotros también- me reclamaban mis hermanos.
Que si un día no podían porque eran las fiestas de su reino, que si al otro el rey estaba de mal humor, que si al siguiente se habían ido de expedición y tardarían en regresar...
Hasta que un día, cuando menos me lo esperaba, apareció la prueba que haría de mis hermanos unos aliados incondicionales en aquel juego mezcla de realidad y fantasía.
Era una prueba poderosa y a la vista de la cual hasta al más incrédulo no le cabría la menor duda.
Se trataba, ni más ni menos, de una puerta mágica. Era un trocito de madera del tamaño de una almendra que se había soltado de uno de los tablones del respaldo a fuerza de inviernos y tempestades, adoptando la oportuna forma de una puertecilla en mimniatura que ajustaba perfectamente en el hueco y que se desprendía con facilidad dejando a la vista un oscuro y misterioso agujero en la madera.
Después de aquello, las dudas de mis hermanos desaparecieron y recibían con entusiasmo mis historias, más emocionantes que nunca, ya que, yo mismo empezaba a creérmelas y no escatimaba detalles en lo referente a aquel mundo fabuloso.
Pasó el tiempo y los tres nos fuimos olvidando del banco verde que terminó ardiendo en una hoguera de San Juan.
Mis hermanos aprendieron a leer y a escribir y a hacer funcionar una radio con todas sus teclas y resortes y yo fui olvidando el arte de hacer trucos  y encantamientos. ¡Nos hacíamos mayores!
Hace unos días mi hija cumplió tres años y sus tíos le regalaron una cagita plateada con sus iniciales, en sus interior un pequeño pedazo de vieja madera pintada de verde del tamaño de una almendra.
Mi hija la miró con sus ojos saltarines y preguntó:
-¿Qué es?
Mis hermanos sonreían como dos niños traviesos, y entonces lo recordé, porque era la misma sonrisa que yo utilizaba para mis trucos y encantamientos cuando convertía un viejo banco verde de madera en una fabulosa aventura para los tres.
Volví a sentir que tenía siete años mientras le respondía:
-¡Es un pedacito de magia!